Le he escrito un mail a una amiga, y cuando lo he releído he pensado que podría compartirlo también con vosotr@s. Lo voy a transcribir en parte, porque es muy largo.
Cariño, he llegado a casa y he estado pensando en todo lo que hemos hablado. Sabes que me cuesta un poco expresarme oralmente, y más con cosas tan profundas… y que a veces sonrío cuando en realidad no es sonreir lo que me apetece… la sonrisa surge, es una sonrisa algo nerviosa. Me hubiera gustado quizás decirte cosas un poco diferentes, aunque en esencia creo que has entendido lo que intentaba contarte.
Me da pena verte así, y aunque sé que de nada sirve decirle a una persona que se siente mal lo maravillosa que es, no quiero pasar sin decírtelo. Porque me pareces una persona increíble, me encanta tu inteligencia, tu sensibilidad, tu fuerza (la de verdad, que tienes mucha), tu vulnerabilidad, tus miedos y tu sinceridad, tus sonrisas llenas de energía y esas lagrimillas que intentan salir sin que las dejes. Me sorprende, además, que tengamos sentimientos tan parecidos, tan tan parecidos, aunque luego nos mostremos al mundo de una manera tan diferente. Estoy convencida de que son emociones universales, aunque algunos las sintamos más que otros. A veces pienso (que me llamen prepotente) que lo único que nos pasa es que somos demasiado inteligentes… el ser humano es, según dicen, el único animal consciente de la muerte. Pues nosotras somos humanas muy desarrolladas, conscientes de la certeza absoluta de que las cosas pueden acabar. Todo esto parece muy negativo, pero sigue leyendo, ya verás como no lo es tanto.
Cuando me siento realmente mal me cuesta mucho compartirlo… así que primero lo escribo, y cuando ya lo tengo en orden, entonces puedo llamar a alguien y hablarlo… El lunes escribía:
A veces vuelvo a ser esa Sarita de seis años que apretaba con fuerza la almohada contra la cara deseando que parara una angustia que era incapaz de comprender. Aquella Sarita que se inventaba a un Dios que era capaz de dominar el dolor si ella hacía lo que él le pedía, aunque le pidiera cosas terribles. Al menos así era más sencillo, al menos había una forma de controlarlo, fuera cual fuera el precio.
Controlar qué. Se preguntará el lector (se preguntaría, si lo hubiera). Controlar el dolor, el dolor propio, el dolor ajeno. Controlar todos aquellos factores que pudieran hacer tambalearse su casita, a su mami y a su papi, a su abuelita, su pequeño micromundo donde todo debía ser perfecto. Controlar sus frustraciones, su dolor, sus problemas, sus enfados… conseguir que nunca se pusieran enfermos, que jamás se sintieran tristes, que no envejecieran, que no le abandonaran, que no dejaran de protegerla.
Es sólo un trocito, pero creo que es más que suficiente. ¿Sabes qué? El lunes escribí eso, en un arranque de angustia. Unos minutos después llamé a Mari por teléfono y le conté cómo me sentía. Ella me dio todo su cariño. Y me sentí querida, muy querida, a pesar de que nada de eso me hace menos vulnerable, no importa, esos pequeños momentos merecieron la pena. En otro momento, en otra etapa de mi vida, hubiese escrito eso mismo y no lo hubiese compartido con nadie… habría crecido y habría tenido que acallarlo haciendome daño… curiosa solución que no solucionaba nada.
Cuando me fui a la cama esa noche me dio por recordar. Y aunque nadie escarmienta en cabeza ajena creo que siempre sirven de algo los testimonios ajenos hechos con sinceridad. Me acordé de todo lo que había pasado, de a dónde me habían llevado esos sentimientos y volví a ser consciente de lo enormemente afortunada que soy. No me viene mal recordar de vez en cuando que la vida me dio otra oportunidad (imagina si creyese en Dios!) y que cada minuto que respiro es un regalo, es un día más, nunca un día menos. Que todo se podría haber terminado hace 4 años, y que sigo aquí, disfrutando de muchas cosas, muchas cosas… Por eso a la mañana siguiente volví a levantarme con una sonrisa, sonreí al dar los buenos días al conductor del bus, me puse mis auriculares y disfruté del fresquito de la mañana de camino a Cajasol. Es el mismo proceso que vivo de vez en cuando. A veces tardo unos días, pero siempre vuelvo a recordar y a valorar lo que tengo.
Sufro mucho, pero también disfruto de pequeños detalles y me emociono con gestos que a muchos les pasan desapercibidos… lloro cuando veo la maldad del mundo, pero soy consciente de que en medio de la crueldad existe una luz de fuerza, sinceridad y bondad que nada ni nadie hará desaparecer. Veo a un medigo compartiendo su trozo de pan con un perrito que le mira con sus grandes ojos y el corazón se me llena… y eso no me lo quita nadie. Nada, ni el miedo ni el dolor, me quitan el disfrute que siento al dar un abrazo ni la gratitud cuando alguien me habla con cariño, o con amabilidad, o cuando me sonríen.
Así que intento quedarme con eso. Y cuando el dolor vuelve lloro un rato, lo comparto y sigo respirando.
Recuerda: Quien tiene miedo a sufrir ya sufre el miedo.
Te quiero.