Ser feliz

Ser feliz. Que importante es para nosotros, el ser humano, alcanzar eso que llamamos felicidad. A veces, una se pregunta si la felicidad es una quimera o una falsa invención propia. A veces una se pregunta qué es necesario para llegar a ser feliz y cree que cuando logre ese momento tan esperado se sentirá en completa calma y plenitud consigo misma.

Pero, ciertamente, el sentimiento de plenitud que el ser humano experimenta es pasajero y viene dado por una vivencia o experiencia muy intensa que nos hace sentir que todo está en orden, que estás cómodo en el momento en el que te encuentras, que merece la pena.

Tras haberme conocido mucho (aunque me queda muchísimo más por conocerme), he llegado a una conclusión acerca de esta tan ansiada meta. Sí que existe, claro que existe la felicidad. Por ello mismo le hemos dado un nombre. Y no, no es meramente utópica, se puede alcanzar. Pero he aquí el mayor error que el ser humano comete: el ser humano siempre tiene sed de más y siempre se siente insatisfecho.

El mayor error del ser humano es creer que algo le falta para ser feliz

Las personas en esta sociedad de consumo deseamos y codiciamos más y más cosas que nos hagan sentir llenos y plenos, pero esa es una falsa y efímera plenitud. Nos emociona en un principio, pero más tarde nos aburre, nos  cansa y, nuevamente, ansiamos una cosa nueva.

Las personas avanzamos, vamos obteniendo logros que nos dan satisfacción personal, vamos sociabilizándonos, creando nuevos vínculos y alcanzando en mayor o menor medida el ideal de vida que hemos construido. Pero, el ser humano siempre cree carecer de algo que le lleve a ser feliz. En lugar de disfrutar de aquello que hemos logrado, una nueva meta aparece. Siempre, siempre nos falta algo para ser felices. Es el pez que se muerde la cola. No he obtenido el amor verdadero, no me gusta mi cuerpo, pordría tener un trabajo mejor, podría haber sacado una nota mejor, eso es que no he sido lo suficientemente bueno, lo suficientemente capaz, lo suficientemente…

Y digo yo:-¿Quién no querría tener todo ello y más?  Si por un momento nos parásemos en este frenético laberinto de PEROS, nos daríamos cuenta de que tenemos todo lo esencial para ser felices. De que NO NOS FALTA NADA.

¿Te imaginas?, ¡qué maravilloso! La persona que lo logre debe de sentirse ahora mismo endiabladamente afortunada. Debe de caminar una senda con horizonte pero sin llegada. Un camino en el que él o ella construye sus propias metas y el tiempo en alcanzarlas debe ser el “necesario para cada uno” y no el que marca la victoria o el fracaso.

¿Te imaginas? Esa persona debe estar rodeada de mucha gente que ilusas quieran hallar su secreto. Y… es tan sencillo que estando ante nosotros no alcanzamos a verlo. Intentamos e intentamos creer que la felicidad no admite color negro. Negamos aquello doloroso y terrible que pueda ser escrito en nuestro diario. Nos maquillamos una sonrisa y, ¡a tirar para adelante! En realidad, nos mentimos a nosotros mismos, porque todo el mundo sufre, todo el mundo se arrepiente de algunas decisiones y a pesar de ello sigue tomándolas, todo el mundo tiene vicios o malos pensamientos en algún momento de su vida, siente confusión, todo el mundo persigue sin descanso eso que permanece apenas en nuestro bolsillo derecho, izquierdo, trasero, ¡dónde queraís! El problema es que a veces, antes de meter la mano en el bolsillo, uno ha de desarmarse de esa coraza de vanalidades que le rodean y que no le aportan nada, de esa costra que le hace sentirse protegido y menos vulnerable, de ese montón de “cacharros” que nos ocultan de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que verdaderamente debemos aceptar porque es francamente lo más verdadero y seguro que tendremos: a nosotros mismos.

Tratado del espejo

Los objetos que nos rodean contienen una historia cargada de siglos de valor. Nosotros los humanos hemos creado unas normas, códigos, doctrinas, formas de arte, etc. producto de nuestra capacidad de desarrollo y socialización. Producto fue en su inició la creación de un núcleo familiar que se asentó en un hogar dirigido a la comodidad y conservación de bienes. Es por ello, que dentro de este hogar integramos todo tipo de objetos y entre ellos uno de extraño valor, aquel que nuestros ojos buscan diariamente, aquel que refleja aquello que enfrenta.

Egipcios, griegos, etruscos y romanos lo elaboraron con metales bruñidos como utensilios de tocador hasta el siglo XIII en que apareció el vidrio, y hasta el siglo XVI en que ocupó su lugar en el hogar.

El valor del espejo es muy variado y pudo comenzar en el conocimiento de la propia muerte. Objeto mitológico y místico, la imagen reflejada se identificó con el espíritu y, es por ello que en el folklore el cuerpo del vampiro sin alma no se reflejaba y que, el espejo satisfizo la  creencia de que un mundo paralelo existía. Otro de los valores y el que desarrollaré, radica en la representación física de nuestra introspección, influenciada por la sociedad e incitada por el propio proceso de identificación de la personalidad.

Durante la 1ªsocialización la sociedad se manifiesta pues, entre los agentes que influencian al infante además de la familia y la escuela, se encuentra la televisión. Poco a poco nos enseñan qué es lo bueno y lo malo, y que para sentirnos aceptados y queridos tenemos que ser altos, delgados, heterosexuales y talentosos. Así, las presiones sociales atentan contra el logro de la identidad y nos incitan a prejuiciar a las personas según su religión, política o sexualidad cuando la única opción a tomar es si se desea vivir de acuerdo a uno mismo o a la mayoría.

Vivimos condicionados y necesitados por el saber qué imagen tiene el mundo de nosotros y entre tanto, el mundo se va llenando de reflejos y sombras, de un repertorio de caretas y disfraces. Entre nosotros nace un conflicto entre lo que somos, queremos ser, aparentamos y lo que los demás ven o quieren ver.

El camino del desarrollo personal es infinito porque cambiamos, avanzamos, restrocedemos y nos detenemos en nuestro camino. Ese cambio constante es el que hace que nos miremos al espejo y permanezacamos parados allí, frente a nuestra imagen unos segundos, que nos miremos a los ojos intentando ver más allá y que nos enfrentemos con lo que hay, lo que somos.

Frente al espejo recuerdo los rostros posando ante las cámaras, los rostros mecánicos e inexpresivos de algunas personas que parecen haber adquirido sus “caretas sociales” y me pregunto si no sería mejor que todos los espejos desapareciesen y en lugar de expresar simplemente con la apariencia se dejasen sentir y ser tal y como les emana de dentro.

Cada segundo el presente se hace inexorablemente pasado y el futuro se convierte en nuestro presente, en nuestro ahora, en nuestra circunstancia. Cada segundo me veo impulsada a enfrentar la pérdida del yo anterior y aceptar el yo en que me convierto según mis decisiones y mis actos. Cada segundo me veo aguijoneada por la sociedad a adoptar identidades diferentes, pero me digo a mi misma que he de buscar mi propia identidad y elegir cómo quiero ser y en quién me quiero convertir.

Frente al espejo me pregunto:-¿Quién soy? ¿Por qué soy? ¿Qué dice mi mirada de mí? ¿Qué comunican mis ojos? ¿Qué sentimiento reconozco en ellos? Frente al espejo me encuentro a mí misma y me enfrento a mi propia crítica. Y sé que la mayor dificultad es la de integrar mi cuerpo en mí, la de identificar la imagen devuelta conmigo, conectar mis emociones, mis pensamientos, mis anhelos inquietudes e impulsos, mis temores, mi memoria y la idea que construyo de mí misma con el reflejo que ese lago cristalino y cercado me devuelve al asomarme a él.

Independencia

Me apetecía escribir, ordenarme un poco, aclararme, desnublarme. Me apetecía desencapotarme, desprenderme de mi maleta y tenderme sobre un vasto prado de hierba verde. Me apetecía desasfixiarme, abrirme, que el aire frío de una madrugada golpease mi cara y me encendiese las mejillas. Me apetecía desenvolverme, desatarme y desleirme, descifrarme y descontaminarme.

Hoy he leido en el diccionario lo que siognifica la palabra independencia. Y tras haberlo hecho me he percatado de que llevo mucho tiempo utilizando de mal modo esta palabra. Voy a tener que omitir los QUIERO SER INDEPENDIENTE que he dicho.          En el diccionario la palabra independencia se define como la capacidad de lograr hacer las cosas por ti mismo y, añade, hacer todo solo, SOLO, SOLO, SOLO….

Quizá yo misma me he cargado de piedras sin percatarme. Quizá y de forma muy bajita me he ido diciendo que estaba caminando hacía la soledad. Que tendría que irme despegando de una etapa que aún deseo disfrutar. En el secreto deseo que toda adolecente tiene de hacerse mayor y alcanzar sus 18 años hay algo de tristeza.

Crear un nuevo grupo en el que no incluyas a personas que antes te eran imprescindibles y que antes eran pilares de tu mundo, no significa que debas abandonarlas, que debas olvidarte de su apoyo, que debas continuar tu sola. Y al mismo tiempo, es humanamente ley de vida hacer nuevos grupos de amigos que te acompañen y desligarte poco a poco de un yo más infantil, de un yo que ya no se me parece tanto, de un yo que ya no desea las mismas cosas, de un yo que soy capaz de integrar pero del que no dependo. Es ley de vida querer hacer tu propio “plan”, querer tener tu propio “espacio”, hacerte cargo de tus “responsabilidades”, pero también es ley de vida compartir tus “sueños”, tus “pesares”, tus “disconformidades”.

Si algo implica la independencia es el tomar tus propias decisiones y el hacerte cargo de tus reponsabilidades. Eso es ser una persona adulta. Y cuando me refiero a adulta no quiero decir una persona seria, cuadriculada y sin capacidad de juego (el juego es una de las cosas más importantes que  creo deben mantenerse de la infancia).

 La independencia solo ha hecho que me comunique con los demás mediante la comida para que se diesen cuenta de que me daba miedo abandonarlos y seguir sola, para que viesen que aún necesitaba y necesito de su apoyo.

¿Alguien me puede decir quién escribió que la independencia es hacer las cosas SOLOS? !Qué pánico¡ Esa si que debía ser una persona realmente seria. Y en el fondo, sin duda, un tanto melancólica.

¿Apoyo incondicional? No, gracias.

Límites, que palabra más curiosa. En ocasiones tendemos a imaginar una línea infinita que no debemos atravesar, pero a veces un límite puede abarcar un espacio determinado y aveces un límite puede ser necesario de crear por una misma para su propio cuidado.

Hoy quiero contaros un poquito más de mí y de los límites que no supe poner y que me hubiesen aliviado de mucha carga. No voy a hablar de los límites que en su momento debí poner a la enfermedad porque en realidad, son los mismos. Lo que nos sucede está ligado a la comida de la siguiente y sencilla forma: cuando comenzamos a sentirnos mal con nosotros mismos o con nuestro alrededor debido a un problema personal recurrimos a comunicarnos mediante la comida y a decir mediante la misma: estoy mal. Esa es la única diferencia entre una persona con un transtorno alimenticio a una que no lo tiene, pudiendo ambas llegar a experimentar el mismo problema.

Bueno, volviendo a los límites. Empezaré por la infancia. Siendo niño inocente no es difícil apoyar a tu familia. Lo haces inconscientemente y te das cuenta cuando eres mayor porque, debido a esa alegría innata que solemos tener los niños, debido al juego en el que hacemos partícipe al mundo entero, debido a esa viveza de ansia de descubrir, de provocar reacciones en nuestro exterior, de pedir cariño y de sonreir constantemente, debido a ello logramos aliviar la angustía de los mayores que nos rodean. Solemos decir que:- les damos vida.

Para mí, el daño propio comenzó con la pérdida de mi padre. Al carecer de rol paterno, mi madre, en vez de compartir y descargar sus angustías con su compañerio y cómplice, comenzó a hacerlo muy humanamente con la persona que más tiempo pasaba con ella. El proceso fue lento e inconsciente. Al principio los comentarios eran inocentes e ingenuos. Me contaba cosas sobre sus amigas. Las compartía y las comentaba conmigo. Luego fueron desahogos justificados en la promesa de prepararme para la vida. Desahogos de problemas cotidianos. Y finalmente, fueron asuntos familiares demasiado grandes para una niña, desbordantes y discordantes para el momento que yo estaba viviendo.

Yo, que debido a muchos factores crecí muy rápido y me vi impulsada a una etapa que no me correspondía, creía poder soportar todo ello. Quería proteger a los que amaba y realmente, estaba cargándome de muchísimas bolas enormes y sepultándolas dentro de mí. Poco a poco, fui acostumbrándome a esta tendencia que mi madre tenía para conmigo y, sin engañarme a mi misma, al fin y al cabo fui un poco “autodestructiva” conmigo (no, Sandra, no te engañes. Un poco no. Autodestructiva. Absorvente, dolorosa y ruinosa).

Cuando entré en la adolescencia… Bueno, aún hay en mí mucha energía y carácter propio de la adolescencia, mucho de querer hacer mi vida propia, alcanzar mis sueños y no perder tiempo. Mucho de perseguir una falsa independencia. Una independencia que no se logra ni siendo adulta porque siempre necesitamos del cariño de nuestra familia y nuestro nuevo plan de vida siempre tendrá cabida para ella a pesar de crear nuevos vínculos. Pues bien, en esta etapa de adolescencia es cuando finalmente me di cuenta de que necesitaba urgentemente unos límites.

Me volví irascible a que mi madre me lo contase y confiase todo porque estaba cansada y el peso a mis espaldas era demasiado grande. Cuando comenzaba a contarme algo de ello mi ánimo de escucha se agotaba. Le decía que no continuase y la conversación desembocaba en enfado. Sacaba la parte más horrible de mí, la que alzaba la voz y gritaba. Pero, era necesario porque nuestra relación se iba a volver cansancio y recelo. Y yo ya no podría darle lo mejor, comenzaría a ser para ella una persona diferente.

Cuando una persona te pide tu apoyo y tu ayuda sobre un problema en el que puedes ayudarla, ¡qué satisfacción! Has acudido a mí, has pensado en mí, has encontrado un remanso de paz en mí. Ven, aquí me tienes, dispuesta a ayudarte y a escucharte sin tiempo que dicte final.

Pero no, no vengas a mí con un problema que no me corresponde. Con un problema que no soy capaz de resolver y que tan solo logra herirme. Con un problema demasiado grande y difícil para mí. Porque entonces será cuando me estés cargando con parte de ese problema que me influye y me une a tu angustía. Con parte de ese problema que no se irá y que, al estar juntas, permanecerá cargado a mis espaldas y me hará sentir más agotada y triste cuando esté contigo.

Yo no puedo ser tu apoyo incondicional. Existen un momento para mí y mis circunstancias. Un momento separado de ti por 32 años. Un momento al que por mucho que corra en una marcha hiriente y sangrante, por mucho que corra queriendo salvarte y envejeciendo, por mucho que corra no alcanzo y me hiere. Necesito que te des cuenta, que comprendas mis palabras, que respetes mi momento y, aún a pesar de todo, sigas contando conmigo.

Autobiográfica

Cuando sostengo en mis manos un poema de los que guardabas en ese cuaderno viejo y aterciopelado siento que tú también te detuviste a leer lentamente las delicadas palabras en un momento y en un tiempo ya perdidos, ya olvidados. Cuando veo las fotografías en que tú no aparecías y siento el temor de que te desvanecieras, también en la memoria, me detengo a observar esos ojillos felices que a la cámara miraban y pienso en como eran todos esos paisajes, el foco y el espejo de tus ojos que miraban amablemente al mundo.

Cuando me lavo las manos me las acaricio tal y como tú hacías debido, quizás a la costumbre y al afecto hacía tal gesto. Me las acaricia rodeándomelas y apretándomelas con las palmas de las manos, como enlazándolas unas a otras para después deshacerlas.

Cuando me caliento en la chimenea observo las llamas azules y volátiles que ya hace mucho que no contemplamos juntos, pero no me entristecen. Me calientan como tú me calentabas. Y, a la mañana siguiente, muy temprano, me levanto y camino al salón. Me mantengo enroscada en el mullido sofá que permanecerá frío hasta que transcurran unos segundos. Tomo y remuevo con el palo de forja las cenicientas cenizas y aún unos prendidos corazones ardiente de madera viva se consumen entre ellas. Eso me hace pensar que aún ya extinto, bajo el peso de las cenizas de tu vida, una parte de ti permanece encendida e incitando a la vida a aquellos que dejas atrás. O al menos así pretendo creerlo. Yo, no te he olvidado. Lo que se me hace más difícil es pensar en tus palabras. En que no exista ya tu mente elocuente e inteligente. En el hecho de que no permanezcan como un susurro en el aire, aún ya dichas y pronunciadas, las palabras. ¡Oh, las terribles palabras! No soy capaz de darlas por perdidas. A veces, las busco.

Una noche, ya lejana, soñé que alguien me llamaba desde lo más profundo y oscuro del sótano. Era una palabra la única que ascendía por las escaleras y, esta se ha quedado grabada en mi mente. Soy incapaz de compartirla, la he hecho cómplice de mí, pero es una vana ilusión apegarse a tal cosa, mas por mucho que intento compartirla, discúlpenme, no puedo. No sin antes deciros que siento que los sueños son amigos de la muerte pues nunca forman parte de la realidad, pero nos permiten fantasear y sentir aquello que a veces, nos es imposible e inalcanzable. Nos lo dan todo y a la vez nos privan de ello.

Si pienso en ese sueño, aquel que tuve aquella noche ya lejana, debí sentir el miedo, pero, en los sueños, todos pretendemos hallar la verdad con una curiosidad abierta e inocente.

Esa palabra, la que os digo, tiembla en mi labio, pasea hiriente como una llaga y dulce como un beso, pero no soy capaz de compartirla con nadie. Supongo que en el fondo, siento vergüenza porque cada uno escucharía una palabra diferente. Prefiero dejar que la primera que escuchéis os invada. Porque cuando permanecéis en silencio, la primera palabra que arriba a vuestra mente no penséis que es carente de significado. Por vana que sea, quiere deciros algo.

Que misterio es aquel de la palabra, que fuerza es aquella que posee y contiene eternamente. La palabra es parecida a los sueños. Con solo pronunciar un susurro de la misma, con solo escucharla solitaria en el aire, ya nos hace imaginar aquello que ella quiere. El secreto es, que permanezca contigo.

Detalles de la vida

Hoy, en el autobús, un hombre atabiado con ropas pobres y con una sonrisa destartalada, tocaba su acordeón. La gente le miraba como a un loco perturbado, pero yo le sonreía. Toda su música recorría el autobús. Me encanta que haya gente así, que no sienta vergüenza y que nos de un cachito de viveza. A ese hombre realmente le gustaba su música.

Me miraba a los ojos, porque yo le miraba tocar y disfrutar, y le hacía ver lo mucho que me agradaba su música. Los demás pasajeros giraban la cabeza a un lado reprimiendo risillas y obsecados en ese demencia inventada por ellos cuando más que creer que aquel hombre era un loco parecían querer buscar una escusa y motivo de juego para juzgarle.

Pero nunca se dio por aludido y continuo tocando su música, reparando en mí, que no podía dejar de sonreirle, y dedicándome unas palabras y algunos pinitos con su acordeón. Era ucraniano y en su país tocaba su música en un programa de televisión. Aquí no tiene esa oportunidad, pero da clases en un conservatorio y toca en la calle (el objeto de este último no se si se debe a su estrechez económica o por puro placer). Vive en un piso de un barrio de inmigrantes, y se ve que no tiene mucho dinero, pero si algo me ha quedado claro hoy es que ese era un hombre enamorado de su música.

Yo también he desafiado esa ley que prohíbe ser libre o comportarse de forma diferente. He cantado letrillas inventadas en francés mientras iba de vuelta a casa en el autobús. Y os reiréis quizás de tal cosa. Incluso a mí al escribirlo me hace gracia. Pero nunca me han importado los rostros excéntricos y simpre me ha agrado encontrar algunas miradas placenteras y disimuladamente curiosas. El truco está en que reparen en ti y vean que hay espíritus libres en este mundo que ha veces puede llegar a parecer un teatro chino de marionetas, títeres y sombras. Aunque he de aceptar, que cada vez, conozco a más y más gente que merece la pena, pero este hombre, que viene de un país lejano, y que ha vivido una vida, la que le ha tocado vivir, hoy ha tenido un detalle conmigo, me ha dirigido unas palabras, ha habido un contacto entre dos vidas diferentes y, lo más importante, me ha regalado y me ha calentado con su música en medio de este invierno helado. Gracias.

Poesía a la vida

I

 

Siento una leve angustia,

 constante.

A cada paso,

 van pereciendo las cosas

 que me rodean.

Yo las siento

apagarse en cada

 segundo,

como yo me apago

 y muero retornando

y retorno muriendo.

 

Experimento

una  pequeña

 felicidad;

 

vivir cada

instante

en todo aquello

que vive conmigo.

II

¿Cuánto durará

mi recuerdo en tu materia?

Un segundo quizá,

para luego

morir.

Tú,

hombre bueno

tú,

mortal vicioso,

vives en

y soy yo,

quien te consume

y recobra

en cada soplo.

Tú que retornas

a tentar

la fuente

y bebes

de mí

sin privilegio ni prohibición. 14-5-09

La ciudad de los pozos. Jorge Bucay.

Esta ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta. Esta ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes …pero pozos al fin.

Los pozos se diferenciaban entre sí, no solo por el lugar en el que estaban excavados sino también por el brocal (la abertura que los conectaba con el exterior). Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra. La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado. Un día llegó a la ciudad una “moda” que seguramente había nacido en algún pueblito humano: La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se precie debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no es lo superficial sino el contenido. Así fue como los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaban de cosas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más optaron por el arte y fueron llenándose de pinturas , pianos de cola y sofisticadas esculturas posmodernas. Finalmente los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.

Pasó el tiempo. La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no pudieron incorporar nada más. Los pozos no eran todos iguales así que , si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior… Alguno de ellos fue el primero: en lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose. No paso mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada, todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior.

Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas ensanchándose desmedidamente. El pensó que si seguían hinchándose de tal manera , pronto se confundirían los bordes y cada uno perdería su identidad… Quizás a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho. Pronto se dio cuenta que todo lo que tenia dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido… Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego , cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo. Se vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho…

Un día , sorpresivamente el pozo que crecía hacia adentro tuvo una sorpresa: adentro, muy adentro , y muy en el fondo encontró agua!!!. Nunca antes otro pozo había encontrado agua… El pozo supero la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por último sacando agua hacia fuera. La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa, así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar. Las semillas de sus entrañas, brotaron en pasto , en tréboles, en flores, y en troquitos endebles que se volvieron árboles después… La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo al que empezaron a llamar “El Vergel”.

Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro. -Ningún milagro- contestaba el Vergel- hay que buscar en el interior, hacia lo profundo… Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desandaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo debían vaciarse. Siguieron ensanchándose cada vez más para llenarse de más y más cosas…

En la otra punta de la ciudad, otro pozo, decidió correr también el riesgo del vacío… Y también empezó a profundizar… Y también llegó al agua… Y también salpicó hacia fuera creando un segundo oasis verde en el pueblo…

-¿Qué harás cuando se termine el agua?- le preguntaban. -No sé lo que pasará- contestaba- Pero, por ahora, cuánto más agua saco , más agua hay. Pasaron unos cuantos meses antes del gran descubrimiento.

Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma…Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro. Se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida. No sólo podían comunicarse, de brocal a brocal, superficialmente , como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto: La comunicación profunda que sólo consiguen entre sí, aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar…

Playas del pasado

En esta playa los tranvías transitan a temporadas. Por la arena las huellas de los tranvías se van borrando. Los tranvías desaparecen a lo lejos y el mar no deja de inundar la playa del ruido del oleaje y de conchas la orilla.

Es una playa solitaria y muy, muy larga. No tiene fin.

El cielo es rosado y el sol de un anaranjado cálido. El sol siempre está en el mismo lugar, las olas cubren la misma porción de playa y, siempre coexiste en el cielo el rosado y malva de la puesta (inmutable). Yo, camino, y mis pasos desaparecen. Siento nostalgia y dolor en el pecho. Que soledad y que tranquilidad más horrible la de este lugar…

He intentado subir a los trenes que recorren la playa, pero nunca se detienen. Si les alcanzas se hacen invisible. Los pasajeros permanecen inmutables, su expresión no dice nada, no hablan, no se miran, no saludan. A veces, creo que no están allí o se quedaron dormidos en un sueño en el que se les olvidó cerrar los párpados.

Miro las olas y deseo morir, cambiar, que venga una gran ola y lo inunde todo.

Un día, camino y, siento que alguien toma mi mano. No hay nadie… ¡No! Quiero decir, ¡lo hay! pero nadie la ve más que yo… No está, pero yo siento su mano y la explosión que ello me causa, más hermosa que el paraíso. Me crispo, me recorre un escalofrío por el brazo. La primera sensación desde hacía mucho tiempo. Se esfuma, ¡no, no quiero! Cierro los ojos con fuerza y lo retengo. El tiempo pasa. No sé cuanto. Horas, tal vez meses, tal vez años. Camino junto a esa persona.

Lloro y las lágrimas desaparecen al llegar a la arena.

Vuelvo a vivir.

Me quiero, me acepto… me gustan mis imperfecciones. Sí, tal vez hay partes de mi cuerpo que me disgustan, pero me caracterizan, no las cambiaría porque eso me haría infeliz, porque me haría obsecarme con esas zonas, porque me haría querer ser algo que no soy…

Todo en mí es así por algo, mis brazos que quieren abarcarlo todo, mis manos que me permiten pintar, que han rozado manos de mujeres que lloraban por los errores cometidos, que se culpaban, que han tocado el suave tacto de las manos de los niños de vida cruel, o las manos porosas de los ancianos, que han apretado, compadecido, acariciado, comprendido… han palpado las manos de un viejo solitario, las lágrimas de un joven que creyó tenerlo todo…

Mis ojos, marrones, ¿normales? No, es el color del fuego y la tierra, son parte de mi.

Mis caderas, un poquito más un poquito menos… da lo mismo, son parte de mi. Con ellas bailo, juego, me divierto, me siento femenina… Mis piernas que me sostiene, mi vientre cálido… Mi pecho… ¿poco? Se ensancha cuando respiro y se abstrae cuando me asfixio, mi corazón latiendo en mi pecho,… Mi cara, mis mejillas redondas y fresadas, otra cosa que me caracteriza, mis mofletes, y ¿sabeís que? A la gente le gustan y no hay muchas personas que tengan una carita parecida a la mía, y aunque la tuvieran la mía es diferente, ¿por qué debería pretender cambiarla?

A veces, hay que mimarse y dejar de atacarse a una misma. Hay una cosa que se dice en los libros de psicología femenina. Normalmente estoy en contra de generalizar en grupos, quiero decir:- los hombres son todos tal o las mujeres son todas cual. Pero es cierto que las mujeres se suelen comparar mucho las unas con las otras (olé la que se sienta agusto con una misma y no lo haga porque lo vea indiferente). Pero es que es tan sencillo como que nunca vas a disfrutar de ti misma si lo que haces es sacarte defectos y compararte con los demás. No me canso de repetirlo y seguro que todas/os vosotros estaís hartos de escucharlo, pero si todos fuesemos iguales sería todo tan aburrido…

Me quiero, me acepto, me cuido, me mimo, me doy caprichitos porque para eso vivo una vez. No voy a dejar de disfrutar por pretender cambiarme. No voy a dejar de amar, de disfrutar con mis amistades, de disfrutar de una comida, de disfrutar con mis manías, de reirme de mí misma por pretender cambiarme. Yo soy yo, nunca lo he tenido tan claro, y es de esta seguridad que me proporciono yo misma lo que me hace sentir un día u otro más guapa, con más fuerza, más atrevida. Yo soy yo y tú eres tú. Yo tengo virtudes que tal vez tú no tengas y defectos que tal vez tú no tengas, pero mutuamente damos el uno del otro. A mí me gustan zonas de mi cuerpo que a ti tal vez no te gustan mucho del tuyo, pero dejando a parte cómo somos físicamente, hay días en los que yo me siento guapa y tú no o días en los que te veo más guapa que nunca y me alegro por ti aunque yo ese día no me vea muy favorecida. ´Como podeís ver lo que digo no es nada del otro mundo y creo que lo que he dicho es algo que tú ya has pensado en otros momentos, pero es que hay cosas en las que no hay que pensar más de la cuenta. ¿Qué hago si es así de sencillo? A veces, hay que pararse a pensar en ello, y tal vez, al leerlo te des cuenta de que hoy te quieres un poquito más.

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