La hora del despertar

Ayer volví a ver El piano y me emocionó interna e intensamente. Hubo un tiempo, cuando estaba enferma, que ya nada me emocionaba. Me sentía vacía como una muñeca de trapo de corazón deshilachado, dispuesta a abandonar y dejar que la traviesa mano de una niña me arrojase a través de la ventana de su casita de juguetes y dispuesta a sumergirme en un lento suicidio, en el dolor que pesaba tanto como para atrofiarte todos los huesos, que subyugaba demasiado como para poder soportarlo. Me sentía tan perdida que la muerte no parecía ese horrible espantajo al que los terrícolas temiesen. Egoísta era dejar tras de mí devastación, desolación y la alegría muerta que antaño había retado al más radiante haz de luz, pero me sentía en un plano de ausencia absoluta, un extraño planeta helado y remoto, descomponiéndome, desgajándome, deshaciéndome, arrancándome la piel como los sueños, la carne como la ilusión.

Desde hace ya mucho tiempo, me percato de cuán viva estoy, desde el momento en que soy capaz de emocionarme y de emocionar. Mi universitario compañero de tren me entregó un poema. Decía que los días no amanecían hasta que yo no aparecía por la estación. Releyéndolo de vuelta a casa lloré de alegría porque alguien me viese de ese modo, por ser capaz de encender con calidez inconsciente un pedacito de felicidad y ser un motivo, de entre muchos otros, de la razón de existir de otra persona. Es algo inmenso, difícil, inexorablemente duro pues sientes las consecuencias de tu existencia, pero real, consciente y espeluznantemente hermoso.

Un día de navidad y mágica niebla visité Cádiz. Frente al gran reloj de Santa Justa aguardé la anunciación del andén que conduciría a mi destino. Allí continuaba, abierta la cafetería donde a veces había desayunado con mi padre. Me permití conmoverme y dejé que el corazón se estremeciera y latiera más a prisa cuando recuerdos de una pequeña niña que también amó mucho y aún ama mucho llamaron en estampida a las puertas de mi memoria y me mostraron el fiel álbum de mi infancia, el rostro de mi padre, el olor dulce de la mantequilla de los croissants recién horneados, las ascendentes escaleras hacia su oficina y el suelo de pizarra negra, el pasillo acristalado asomado al tránsito de viajeros y tráfico de maletas, el surtidor de agua a la entrada del despacho y la gran mesa corrida en la que me sentaba a jugar mientras mi padre trabajaba, el dorso de su arrugada camisa a cuadros que escondía su tierno cuerpo, curvado como una espiga de sol, delgado y afable…

Y entonces el reloj de la estación precisó mi andén y supe que era la hora de partir del reino de los recuerdos.

Me sentí muy feliz de estar viva por mi irrefutable voluntad, por quienes me aman y me amaron, por poder sentir, por poder llorar, por poder recordar y aceptar esos desafíos a los que la propia vida me empujaba. Esa mañana discerní algo con toda lucidez. Ese algo estaba allí, en la cafetería de la estación:

-La vida no me había arrebatado a quienes más quería, la vida me los había concedido.

Conforme barrí los escombros y cenizas de mi destrucción, la hitleriana anorexia fue perdiendo el control de su deshumanizado imperio para que Gernika recuperase al fin su color y las purpúreas nubes de horror y azufre dejaran paso a la regeneración interna y a la recuperación de mi cuerpo,… Conforme comencé a sonreír y a desear, conforme comencé a disfrutar de la comida (relegada a un plano secundario mas, con su debida importancia), conforme recuperé mi autoestima, y me preocupó que un abrazo transparentara la fragilidad de mi figura, conformé tomé valor para mostrar aquello que en mi interior me apabullaba, quise dar el paso que me separaba del cambio y tuve la certeza de que la felicidad no era un saco roto que se hubiera vaciado para siempre.

No quiero llevarme nada conmigo, quiero deshacerme, mas no a manos del vacío que mueva títeres, sino dejando en los rincones en los que me diluyo un resquicio de mí, y en los corazones a los que alcanzo a tocar con mi dedo una porción del mío. Querido corazón, podré decir entonces que será un placer extraviarte y sentir como tú viajas a todas esas vidas de las que sólo contigo podría ser. A mí me ha tocado un solo cuerpo y una sola de ellas- que ya es mucho decir- y me sentiré feliz si tu lugar lo ocupa un parcheado órgano vital, aquel compuesto de retazos y remiendos de aquellos otros corazones que jamás mueren en el olvido y viven en ti, y viajan en ti.

Bon voyage, mon coeur!

El ojo a través de la ventana y la mirilla

La temprana mañana clarea a través del cristal de la ventana de mi habitación y espacio. Oigo cómo se abre la cancela vecina y un hombre alto y corpulento la atraviesa pertrechado con ropa deportiva y botines acostumbrados a su altura y gran zancada. También hoy lleva un balón de baloncesto y también regresa  cuando ya ha oscurecido. Siempre es así la jornada de este joven  que padece vigorexia, obsesión por el deporte y la sana alimentación. Los TCAs no son sólo enfermedades de féminas mas, el hombre tiende a ocultarla y vivirla en silencio, a cerrar su hermético caparazón a la sociedad porque así la considera, una enfermedad de mujeres.

Desde la antigua Grecia junto al Hermes de Praxíteles hasta el David de un tremendista Michelangelo, se ha dado gran valor al cultivo del cuerpo mediante cánones que consideraron la carne femenina una debilidad de la naturaleza aún cuando en el ciclo de la completa mujer se hallan la poética de la vida y la muerte.

El cuerpo, víctima de comparación, es entidad material de toda persona, no es una partición, no es independiente del “yo”, sino que es uno de los componentes del “yo”. El cuerpo es el medio por el que puedo expresar mi ámbito emocional y reflexivo, por el que me comunico socialmente (gestual y estéticamente). No es posible desligarlo de nosotros como si fuese un mero objeto pues no es posesión sino integridad.

El padre de este vecino padece la misma enfermedad. No creo que los TCAs sean hereditarios porque las experiencias que vives, tus relaciones sociales y familiares, tu modo de ser y actuar, la mediática presión, la cultura, etc. son desencadenantes, diferentes entre padres e hijos. Recuerdo en especial, el caso de una compañera de grupo en ABB a la que le habían trasplantado un pecho y esa zona de su cuerpo le repudiaba, inusual situación que propiciaba su falta de aceptación y autoestima y que no hubo por qué vivirla su madre. No obstante,  es cierto que mi madre vivió en su adolescencia un breve periodo de anorexia del que sólo conserva el malestar que sintió cuando entre sus manos comenzaron a desprendérsele mechones y mechones de cabello, y he conocido madres de pacientes que así lo relatan. Ninguna reminiscencia de anorexia veo en ella, para quien comer es todo un deleite y en cuyos platos asciende el delicioso aroma del amor y el esmero, emergiendo su faceta más innovadora e imaginativa mas, evidencia el total desconocimiento que en aquella época existía respecto a estos trastornos.

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Sonó el timbre, yo estudiaba en el salón, mi madre abrió la puerta a una vecina.  De su boca emergía apenas el hilo de un susurro, pero atisbé durante la conversación un ambiente de preocupación. Conocía a esa encantadora aledaña desde hacía muchos años por lo que, presa de la curiosidad, interrogué a mi madre. La mujer deseaba consejo, veía en su hija designios de una anorexia. Mi madre le proporcionó el teléfono del centro ABB, pero jamás lo utilizaría. Hoy por hoy, su hija sigue igual de delgada. No es una situación extrema, pero sí estancada en la permanencia de unos malos hábitos que temo condicionarán su vida muchos años. Lo que me entristece más aún que saber que junto a mi casa hay una chica cuyos pensamientos vuelan hacia un plato de comida o hacía una báscula, es cruzarme con esa madre que, habiendo visto mi recuperación, siempre se detiene conmigo y me regala unas amables palabras o un piropo, esa madre que se muestra ante todos con una sonrisa abierta mientras tras las cuatro paredes de su casa, quizá no todo sea así como nos deja imaginar. Lo que me entristece es pensar que junto a mi hogar hay una puerta, precedida de un precioso jardín regado de primorosas flores, tras la que se oculta la infelicidad. Una puerta cerrada a las ventanas ajenas de pulida madera quizá en su interior carcomida por la soledad, la penumbra, el hostil silencio que esconde la sonrisa artificiosa y prieta… Si una mira atentamente la enfrentada puerta podrá verla, a aquella lágrima que por la mirilla se derrama, aquella que  divaga transparente e invisible.

Poética de una cruda enfermedad

Y te recuesta tu madre como si ya no fueses a despertar. Es de noche y un beso se deshoja en tu mejilla. Y le parece que sus manos te fuesen a enterrar, que sus manos cubriesen tus ojos con un velo de arcilla, que sus dedos sobre tus párpados vertieran tierra limpia, que un fino hilo sostuviese al día, al sol que quizá retorne a su guarida, al rayo que quizá no amanezca y se despida.

No concilia el sueño en su habitación y escucha desde lejos el vano rumor de tu respiración, el hálito efímero que exhala tu corazón, como un reloj que le marcase horas de desesperación.

Es de noche y ella no puede descansar sabiendo que sueña tu figura de cristal, sabiendo que tus caderas asoman al trasluz de una sábana libia, pobre y tenue haz azul, de una capa algodonada que apenas te diese algo de calor. Desea abrazarte pero, inhalado el temor,  su corazón se encoge y esboza una mueca de dolor.

Cada día resucitas para ella, quien nunca quiere sospechar encontrar tu cuerpo inmóvil sin ninguna sonrisa que de él descuajar. Cada día resucitas para ella que no quiere en la devoradora noche varar.  Así un día y otro siente que te le vas, que te entierra y cuando abres los ojos la vida, ¿de dónde vendrá? Las horas cuenta en la penumbra de un infinito lar. Así un día y otro, sin que caiga el telón. En el lecho te tumba, sepulcro sin oración, y espera la próxima e incierta resurrección.

…y Alicia salió de la madriguera

La anorexia es una enfermedad porque agrede a tu salud. Es una enfermedad psicológica pues para sanarla hace falta sentarte a conversar con tu mente y modificar falsas estructuras que ella ha creado. Una pequeña Alicia que cada vez se hace aún más diminuta, anclada en la niñez, ha de sentarse frente a esa parte de ella que, personificada en su imaginación, se llama Sombrerero Loco para ordenar el desbarajuste que esconde bajo su sombrero.

Desde que fui pequeña mis abuelos vivían conmigo, mis hermanos y mis padres a causa de la esquizofrenia que mi abuela padecía y que le impedía cuidar de sí y de su familia. Cuando miro sus fotos de juventud veo a una mujer preciosa de tez de porcelana y ojos rutilantes, aún sin acerbo de dolencia. Sin embargo, en la realidad lejana de las fotografías sólo alcancé a ver sus ojos envejecidos y menguados, su frente clara en la que una mano invisible trazaba surcos y quimeras con su dedo, su cabello descolorido y apagado, sus labios que alguna vez hablaron solos… Recuerdo desde la infantil inocencia rehusar besarle el rostro marchito y ajado que oculta la carne viva y al aproximarse a mi cama para darme las buenas noches esconderme y oír sus llamadas como gemidos. Cuando mis amigas llamaban a la puerta la recuerdo también diciéndoles que yo no estaba, entonces, descender precipitadamente las escaleras y detenerlas para que no se fuesen. Aún a pesar de este gesto que pudiera parecer malicioso, yo siempre lo interpreté como un modo de expresar el tiempo que le hubiese gustado pasar conmigo…

No eres anoréxica porque seas anorexia, lo eres porque una maraña bajo la copa de tu sombrero no te deja ser quien eres. Tú eres la responsable de las perjudiciales acciones que cometes, tienes que aceptar que eres tú el paciente afectado internamente y no tu exterior el que está enfermo.  No eres anorexia, eres extravío de la senda hacía quien eres, la única para la cual existe esperanza de ser feliz. Y esa persona mermada por la anorexia se parece en algo a esa otra que desgraciadamente tiene que aprender a tener el mayor bienestar posible junto a la crónica esquizofrenia. Yo privé a mi madre de muchos días de “juego” con sus amigas. Ella permaneció junto a mí encerrada en casa cuando despedí a sus amigas en la puerta. Ella no bajó las escaleras apresuradamente porque abajo le esperaba un duelo con aquel plato no rebañado de migas desperdigadas y escondida servilleta con comida, un silencio hostil y una mirada negra de reproches y rencor, la frialdad de un pozo infinito, paseos frenéticos y nocturnos, excitantes calorías, el espejo al que Munch se asomaría a dibujar su grito y en el que te ves como una gigante Alicia que hubiese engrandecido siendo, sin embargo, diminuta y frágil…

La enfermedad nos avoca al egoísmo, ata a los que más amas con una soga, tapia con altos muros la libertad, provoca una sensación de control aun siendo tú la arrastrada por el torrente de infortunio que trae consigo. Convaleciente soñé que combatía contra mí misma, pero no es ese el camino de la curación que requiere desmantelar esas estructuras fuertemente asidas a tu mente. El camino de la recuperación es aprender nuevos hábitos y rescatarte (con ayuda mas tú, única persona que puede hacerlo pues yace en el suelo el atavío del príncipe azul que sólo tú puedas vestir). Da miedo porque los problemas que quisiste anestesiar a base de restricciones y ansiedad van a esperarte y despertarás fuera de la madriguera del país de los sueños, y te encontrarás con todos ello, y aún sintiéndote más segura en la penumbra, aún queriendo acurrucarte en ese agujero, aún arrastrada por tal nefasto vórtice, ya no querrás volver y lo observarás asustada imaginando cuán extensión cubrió bajo tus pies ahora que tú, junto con todas las manos manchadas de lágrimas y amor, lo habéis dominado y comprimido.

Así es la enfermedad, un agujero pequeño que busca absorberme cuando me siento más vulnerable y desnuda, la brecha a la que acudo con esas cientos de manos de llanto y ternura.

Adiós querido Sombrerero Loco.

Falsa fotogenia

Tuenti, facebook, twitter,… redes sociales que pueden servir para compartir y comunicarte con los amigos, reunir a un gran colectivo para clamar  ideas, derechos o pretendidos propósitos, contactar  instantáneamente, etc. Redes sociales en las que, por otro lado, colgamos nuestras fotografías de inventada fotogenia, despampanante encanto y exuberantes sonrisas de fiesta. Juzgo que la tan obsesiva necesidad de atraer  atañe al auge del sexo y del éxito, del minucioso cuidado que recae en la estética, la arraigada intención que en nuestras mentes pueriles ahonda en cuanto a huir de la soledad, la precaria estructuración de tu vida en torno a la pareja en lugar de promover y cuidar anticipadamente, que no exclusivamente, el desarrollo propio, crecimiento personal que nos convierta en apropiados acompañantes.

Yo he disfrutado de divertidas noches junto a los amigos, de bailes que hacen vibrar cada resquicio de tu piel, de nuevos encuentros y conversaciones, pero también he estado en aquellas otras en las que reina el aburrimiento y una cara bonita al grito de “¡Pa-ta-ta!” bastan para aparentar una noche de absoluta diversión social. La era de la fotografía requiere de unas cuantas meditadas y artificiales posturas y poses preconcebidas pues el éxito atañe a las cámaras. A veces, no todo es tan maravilloso y deseable como nos hacen creer ambicionadas y apetecibles fotografías. -Seré más feliz, más atrevido, estaré menos condicionado, ganaré más dinero, independencia, poder… cuando alcance esta posición, este rol, este logro- pensamos, pero, llegados a ese enaltecido cénit, la cumbre escalada desde la que otearlo todo, las expectativas que teníamos se ven frustradas pues la adrenalina dura poco y la vida tal y como ha sido, si no eres tú el que ha cambiado,  no deja de verse del mismo modo. Ninguna tentativa produce en nosotros un cambio de lentes desde las que ver el mundo, sin contar el azar con el que la vida nos obsequia, capaz de derribar muros y ventanas o hacernos chocar contra ellos.

Buscamos la felicidad en nuestro exterior, este es el verdadero problema. Buscamos la felicidad en las cosas que tenemos, en nuestra imagen, las incontrolables circunstancias, la fortuita y azarosa ausencia de males, cuando deberíamos mirar hacia dentro, al modo en que actuamos y nos vemos afectados, a un enfrentar nuestros problemas sabia y prudentemente, un conocernos, no perder nunca el buen humor, tener salud. Ser feliz no es una providencia del sino ni una predestinación del hado, es tornarse actor de la leyenda individual, aprender de los tropiezos y de los encuentros, descubrir altruistamente lo que sabes a otros, reflexionar acerca de la tristeza, poder hablar de uno/a mismo/a, aceptar una crítica, aceptarte con tu cuerpo (que no “aceptar tu cuerpo” cosificándolo, sino aceptarte a ti, armonía de entidad psíquica y física, sin que esta última condicione cuánto te amen)… ser feliz es poseer madurez para reconocer una equivocación y disculparte, la madurez para pronunciar un “no”, la madurez para amar.

El cristal al que los humores asoman

S. me confió haber tenido una pelea con una amiga, revelando lo mucho que se había cargado pues, desde hacía tiempo su compañera sólo la hacía sentir mal. Nunca tuviste que aguantar más- le digo-, pero lo hiciste porque quisiste, porque lo decidiste, quizá porque tuviste la esperanza de que ella, tu compañera, cambiase. Me hizo saber que le daba miedo que la juzgara cuando reconoció haber llamado a su amiga vil y cobarde.

No me sorprendieron las palabras que le espetó. Todos somos, aunque sea en menor parte, cobardes y viles, porque somos humanos. Cobardes porque a veces nos dejamos vencer por el miedo y, viles, porque hagamos acciones buenas o malas, ante una acción injusta, no reaccionamos, no intervenimos, no nos inmiscuimos, y dejamos al vil seguir siendo como es. Para mí eso es ser vil también. En cualquier caso S. le había mostrado a su amiga cómo se sentía y ahora ella tenía dos opciones: reflexionar e intentar cambiar o quedarse de brazos cruzados, rechazar lo que S. le había dicho y no comprometerse. “¿No es mejor que hayas explotado ya para no cargarte más, estar a disgusto y ayudarla antes a ella?”

Despotricar y quejarnos de nuestras desgracias va consumiendo nuestra energía, aquella que podemos emplear en impulsos creativos o en combatir y lidiar con nuestros problemas diarios, complicaciones que retamos nosotros mismos o dificultades que son la propia vida, tormenta que nos tambalea, pero también activa. Puede que seamos esclavos de nuestras necesidades, pero también somo amos de nuestras portencialidades.

Esporádicamente necesito llorar por algo doloroso, por algo que me oprime el pecho, sabia intuición de mi cuerpo, pero ello no ha de significar que deje de sonreír porque, si no lo consientes, nadie puede llevarse tu alegría. Tu alegría nace de ti y sigue contigo mientras tú quieras que siga siendo tu compañera, la pluma con que escribes tu cuaderno de bitácoras.

Entonces me doy cuenta de que el color del cristal desde el cual observo los hechos es fundamental para construir mi perspectiva y puede ser también el distorsionador de mi panorámica. La risa tiñe de un tono cálido y vivo mi circunstancia, mientras que la tristeza y seriedad prefieren y se amistan con las gamas más oscuras de colores. Mis problemas me parecen insuperables el día que despierto de la mano del desánimo, pero muy livianos aquel otro en que soy amante del júbilo y la dicha. Desgraciadamente no siempre me siento con fuerzas de, aquellos días que la tristeza me abraza, chasquear los dedos y hacer que desaparezca, pero sé que si cierro los ojos, dejo la mente en blanco y pienso en lo maravilloso que podría ser el día que se me ofrece y que estoy preparada y dispuesta a frustrar, soy capaz de buscar más de una razón para sonreír.

¿Por qué  si hoy lo ves todo gris y fatal no te das ese ratito para cerrar los ojos y volver a mirar con otra luz al mundo?

(Fotos de mi viaje a Laponia)

Escapando a la cordura

No hay problemas, hay soluciones -mi profesor de geografía e historia de 3º ESO siempre repetía esta sabia frase-, porque –me digo- siempre hay un mañana posible. Las situaciones que más me aprehendían y costaba enfrentar de pequeña me enseñaron que el mundo no se acabaría al día siguiente. Para qué es nuestra vida puede ser una pregunta comprometida porque requiere mirar hacía nuestras profundidades, pero un “hacer felices a los demás”, aunque no colme la respuesta a ella, puede ser muy gratificante. Hacer reír a quienes me rodean es una buena dosis de medicina para mis problemas y tristezas pasajeras e incluso para la escéptica opinión que tengo hacia mi humor. Nuevamente, la risa me ha abierto los ojos y me ha prevenido de mi rigidez y estricto orden. Lo necesito, huir de la cordura por unos instantes, de la coherencia, burlarme de la banalidad de mi enfado, el dramatismo de mi ego, mi intencionadamente oculta ridiculez y enfrentar mis problemas con una carcajada, dispuesta a ponerles esa solución que, aún estando a mi alcance, no decido.

También en mi infancia aprendí lo que era bueno y malo, lo que era y no lícito. A veces necesito mover mi cuerpo del modo en que lo siento por dentro, abstraerme como harían, supongo, los chamanes, cantar palabras sin significado, alejarme de lo racional. Lo hago en soledad porque no conozco a nadie con quien compartirlo, porque ojos desorbitados se quedarían contemplándome confusamente y porque me han enseñado a avergonzarme, temer que me juzguen y tachar ciertas acciones de demenciales. Cómplices de este juego macabro de juicios, tengo la certeza de que toda persona reflexiva necesita, en algún momento, destapar “la olla a presión”.

Un día haciendo reír a mi madre y fotografiando las extravagantes y diferentes expresiones que somos capaces de poner; cantidad que siempre nos asombra y que a pesar de la horrenda deformación ella siempre califica de hermosas pues, es cierto, hay una serie de datos que todos conocemos para nombrar a algo de hermoso y, qué sucedería si no fuesen esos datos que hemos aprendido los estrictamente válidos porque… ¿quién los ha marcado? ¿Hay un patrón en todos los cerebros por ser todos humanos? Ella amaba en nuestras distintas expresiones la genialidad de la alucinante capacidad que teníamos en nuestras manos para trasmitir tantísimas cosas diferentes y se decía para sí lo poco que jugamos con nuestra comunicación facial. Queremos recordar más y más particularidades, cifras, datos, llenar nuestro cerebro de conocimientos, comprensiones, colmar nuestra memoria de recuerdos y…, sin embargo, corremos una carrera contracorriente. Corremos contra la memoria porque, mientras crecemos, olvidamos lo que, como niños, defendimos con uñas y dientes por ser para nosotros (in)visiblemente esencial. Olvidamos, relegamos y dejamos de lado la imaginación, nuestras más profundas potencialidades, la pureza, la felicidad incondicionada que hallamos en los gestos más banales de los que aprendimos a querer y amar, etc.

En  un momento dado de nuestro juego, mi madre se rió de un modo que hasta me asustó. Era una risa loca y frenética que hasta me sobrecogió y cuando volvió, a los pocos segundos, en sí, me sentí satisfactoria y tiernamente comprendida. Sólo dos causas había para este arrebato. Ella había adoptado un rol que la liberaba de la cotidianeidad y al cual acceder para liberadoramente dejarse llevar sin tapujos o, lo que es muy similar, tuvo ese impulso que yo he precisado y exijo periódicamente para huir del corset social que me enjutaron bajo la piel siendo sólo una niña.

Espero que nadie crea que tenga una madre loca. Yo hablo de ello hoy porque me siento en total confianza en calidad de persona de trasmitir cómo me siento y quizá, tender la mano a quienes su propia liberación crean una actitud incomprendida que ha de reprimirse, lo cual sería un verdadero error.

Cartas desenterradas de un antiguo y oscuro baúl

Hiéreme para que los últimos suspiros que me quedan queden consumidos y espadas de rosas negras y espinas desangren mi alma.

Esta ciudad sin gente no revive presa del gélido hielo y el fuego, si existe, es lejano, remoto. Un verde sol despierta el vaho contaminado de los cuerpos muertos. Quiero que este sea mi lecho de muerte y la luna no sea testigo de la caída de este débil cuerpo. Que mi legado sea el arroyo que sane esta tierra, mis últimas lágrimas de pureza.

Despojos inertes hacen que este cuerpo se sustente apenas para moverse en una noche que, como el vacío, me acompaña. Pienso en la vida y por un hermoso instante abro los ojos. Los luceros cristalinos me arrastraban por el cielo de tal forma que parecía que la helada ciudad se tornase de un rojo abrasador que calentaba mi vacío interior. La ciudad revive encendiendo sus luces. Después, ¡traición!, me conducen a un lugar remoto en el que apenas una débil luz ilumina mi rostro. Mi única esperanza se ha apagado, ojos escarlatas se han cerrado y ante mí han fustigado a una bestia que se derrumba en el suelo y hace vibrar el inmenso silencio sin perturbar vida alguna. Una mirada de hierro se abalanza sobre los recuerdos.

Pocas cosas quedan ya que puedan salvarme y sanar este cuerpo frío y destrozado por fuera y dentro. ¿Vendrá algún príncipe a luchar por este cuerpo inerte, tirado en un lugar tan muerto y frío del calor? Miro a un lado y sin ser consciente mi lánguida mano se mueve y cae sobre mi pecho. Una luz cegadora recorre mi cuerpo, el deseo de un largo viaje me llama. Quiero pensar, recapacitar, encerrarme sola conmigo misma, vencer el miedo, matar el virus que me consume. Voces me atormentan, tengo que huir. No confíes, no lo hagas, no lo pienses. Que complicado. Me he dado cuenta de que amo muchas cosas en la vida, he tenido una vida dura y he perdido a mi irremplazable padre. No se si esto me ha afectado. Algo si se me remueve el alma. Quisiera volver atrás y cambiar muchas cosas. Hay veces que he querido morir.

De tanto llanto el aire se me acababa y por dentro estaba destruida. Es raro, antes sólo me preocupaba portarme bien y rebosar cariño para que me quisieran, pero ahora no dejo de hacer daño a quien me rodea. Este no es el dolor más malo e irreversible que he tenido. Puedo optar por ser muñeca de trapo. Era feliz y ahora tengo miedo de no volver a serlo. Estoy poniendo todo lo que puedo de mi parte. Me siento en una roca y observo la facilidad con que mis amigas son alegras e independientes. Me doy cuenta de que lo más fácil habría sido reaccionar antes, pero ya es tarde, no hay vuelta atrás. Me estoy cansando, no tengo más que decir, no quiero compartir mis problemas con nadie. Esto no es vida. Me duele, no soy capaz de dar amor. Tengo cosas por las que luchar porque si miro atrás veo buenos momentos, hábitos y amor.

Mi madre me amenaza con el tabaco. Hay veces que la he odiado muy vagamente. Necesito desahogarme. Pienso que mejoro y me frustro, pienso en refugiarme en mis dibujos, me planteo demasiadas cosas, prefiero estar sola. A veces, parece que piensan que soy una minusválida. A veces, me siento fría. A veces, habría querido ser la hija perfecta. No quiero que me compadezcan, quiero seguir siendo un apoyo para mi madre, pero sigo triste aunque sienta pequeñas mejorías. Me miro al espejo y veo dolor. Necesito amor para salir de esta pero no me abro a quienes me rodean. Creo que como siga así no voy a ser capaz de descansar. Mis hermanos me inspiran una alegría que me reconforta pero últimamente no quiero estar con mi familia. Soy sensible. No quiero ser débil. Me gustaría quemar estos papeles cuando los acabe. Quiero mirar al frente y tener un corazón cálido. Es una pena perder la sonrisa. Parece que el que más claras tiene las cosas es mi hermano. Siento gran respeto y admiración por él. Voy a pensar en él para seguir un camino recto.       (2007, al mismísimo inicio del tratamiento)

El stress de New York y la desfiguración

Una nueva exasperación. No soporto las prisas de mi madre, corriendo de aquí para allá, sin escuchar nada a su alrededor, demandando jadeante y constantemente una cosa nueva o algo que no encuentra y posiblemente este en su bolso. En una de nuestras conversaciones en el coche la reprendo y le increpo por qué va siempre con prisa y qué es lo que con ello gana. Se justifica quizá y termina por apelar a su intrínseco modo de ser, a un impulso irrefrenable y a una actitud ineludible propia de su carácter. No me basta, hoy no me basta. Dice que las prisas le hacen aprovechar más el tiempo, ganar tiempo, inteligente palabra tratándose de lo único cierto que no podemos comprar. Pero… ¿más tiempo para qué? Para disfrutar. Entonces, disfruta despertando cada día como un nuevo día, con tus primeros pensamientos o recuerdos acerca de lo soñado, disfruta de un buen desayuno, de un paseo hacia el trabajo atisbando cada detalle que te rodea porque, finalmente estás desperdiciando un tiempo precioso en exasperarte a cada momento para ahorrar un tiempo que siempre estuvo al alcance de tus manos. Acepta mi crítica pero no la escucha, porque ella, aún no ha remediado nada de esto.

Quizá esta sólo sea la perspectiva más “filosófica” del asunto porque, después de todo, en una familia monoparental como la mía, demasiados deberes y responsabilidades recaen sobre el pilar y miembro familiar del núcleo. Cuando veo a mi madre de este modo sólo puedo reconocer el mérito que tiene ser madre, lo luchadora que se muestra ante mis ojos y lo agradecida que me siento de contar con ella, pero ello no evita que sienta deseos de reprender lo incomprensible para mí o pretenda ayudarla.

Es difícil definir a una persona y, a pesar de su constante urgencia y presteza, puedo decir que mi madre es una persona contemplativa, pero el estrés es lo único que conocemos. De vuelta de un viaje a la naturaleza en bruto de la Laponia, una cae en la cuenta de lo diferente que es el frenético modus vivendi de la ciudad que halla su ideal cosmopolita en Nueva York. No nos damos tiempo a disfrutar del recorrido ansiando únicamente el fin y el objetivo. Nos sentimos derrotados si no alcanzamos la meta porque nos preocupa más que lo aprendido en el camino.

El estrés se relaciona íntimamente con la frustración y los bloqueos en nuestros intereses, con el cansancio y la pérdida del apetito y peso, así como con la presión grupal pues encajar también atosiga y abruma. Son varios los motivos causantes de que deteste la prensa rosa . No le concedo más importancia a las vidas de la gran pantalla porque para mí toda persona tiene su valor, el cual significa mucho más que fama y talento, e igual me es Michael Jackson frente a una minera boliviana (siendo esta mi opinión, precedida del respeto que me hace escuchar otras).  Eso me hace pensar a su vez en algo que me limitaré a lanzar. ¿Cómo seríamos sin los talentos por los que nos damos a valer? ¿Cómo sería exprimir, en lugar de estas competencias y aptitudes, el talento de ser humanos?

Por otro lado, además del morbo, con horror descubro en esta clase de revistas la búsqueda de una deshumana perfección pues la solución a la crítica del mínimo detalle reprochable la focalizan y canalizan como esclavitud de la cirugía estética, donde tengo la certeza que no cesarían de reprobar alguna que otra desavenencia. ¿Es capaz de rellenarse de silicona hasta el vacío interior, dolor u obsesiones? Un comentario acerca de S. Y. Parker, la actriz de Sexo en Nueva York que ya tiene sus añitos y unas manos cubiertas de lo que a mí me resultan HERMOSAS arrugas, me resultó detestable y cruel por considerar que a sus hijas debía producirles pavor que su madre las cogiese en brazos.

En la vida hay tantas desfiguraciones, tantos títeres grotescos y fantoches de la sociedad que hay quienes buscan imitarlos (a los ídolos rotos, tullidos, mutilados por la insalubridad que entraña ser idolatrado como a un Dios, el extravío de la noción de ser persona con intimidad y el poder de destrucción que ostenta el dinero) y quienes, como yo, ven en ellos modelos, experimentos, tentativas inevitablemente necesarias para dilucidar y prevenir el extremismo, lo radical de la creación humana, una perniciosa y falsa creencia de bienestar y un abandonarse a tendencias impersonales.

Los últimos días de playa son para mi madre la hora de dejarlo todo en orden y arreglar los desperfectos. Ayudo a mi abuelo a colocar unas bisagras y ventanas y, acabada la faena, voy a devolverle a Petra, una vecina, unas tenazas que nos ha prestado. Presente en su puerta bromeo mientras abro y cierro la herramienta diciendo que he ido a remediar la picadura de su muela. También hablamos, entre otras cosas, del mar. Ya sabíamos que era imposible que aquel encuentro durase los cinco segundos pertinentes que dura una devolución convencional porque con Petra, si eres una persona abierta, congenias indudablemente. Francesa de nacimiento con pelo a lo garçon y juvenil mujer sexagenaria, vitalidad, ternura y gran humor le brotan de forma espontánea. Por ella se siente ese sentimiento entrañable que nace por las personas que sólo te dejan fuerzas con las que agarrarte a la natural y fluctuante vida. Con gran desparpajo un día nos ofreció una deliciosa pimentada y capaz fue de confeccionarse un despampanante traje de gitana. Os cuento todo esto porque es necesario para que intuyáis la sinceridad con la que me confesó al final de nuestra extendida y agradable conversación la pena que le daba en los primeros años en que habitó el edificio verme. Yo era entonces una adolescente esquilmada, empobrecida, arrasada y corroída peligrosamente por la anorexia, un espectro esquelético indigerible a la vista. Duele sólo decirlo, no soy capaz de conectar con aquellos tiempos, pero es necesario dejar constancia de la terrible y espasmódica gravedad de un TCA, trastorno imposible de controlar como alguna vez idealizamos. Ha sido difícil para mí pronunciar estas palabras que se pasean por las lagunas de una época escabrosa que, aun aceptada gracias a su superación, me es imposible recordar. Hay una neblina de aquellos años de crisis. La confesión de Petra ya no es tan dolorosa gracias a que, ahora, somos capaces de dar y recibir la una de la otra. Es increíble cuan absorta y absorbida me mantuvo la enfermedad y cuan egoísta te hace. Ya no puedo decir que el pasado me persiga. He aprendido, sin embargo, de él. Es asombrosa cuan descomunal es la distorsión que produce una anorexia, el egoísmo tan cruel que ella entraña. Miro atrás desde la objetividad y os cuento lo que sólo se experimenta tras haber despertado de esa ciénaga en la que te vas hundiendo más profundamente, que va condicionando a todos lo que permanecen junto a ti, a tu alrededor, arrastrándoles también a ellos, tragándose toda la luz de la alegría.

¿Cómo se sintieron aquellos que vieron mi cadavérica sombra? ¿Fui acaso capaz de concebirlos como meros rostros sin contenido que ante mí desfilaban o me sentí ya atrapada en una telaraña o en un zulo insonorizado quizá? Tomo conciencia de lo duros y reales que fueron aquellos días y de cómo sufrió quien me rodeó. La enfermedad fue como una maldición de infelicidad, de egoísmo y de abstracción. No logro imaginar que pudiese hallar satisfacción y compensación alguna por su parte mientras las puertas de la muerte se abrían para mí. Pero, ciega ante mi autoinmolación, lo hice y es de ello de lo que  busco preveniros, asiros a la vida con todo mi deseo y fuerza.

Desde dentro dejo que retumbe por todas mis arterias y nervios la gratitud que siento por mi familia, que luchó junto a mí con tesón, sin abandonarse a mis desvaídas manipulaciones; por mis amigos, quienes no me dieron la espalda; por quienes constantes, duros y tiernos se implicaron o tuvieron para mí unas palabras; por el gran grupo de autoayuda que me acompañó en mi despertar. Encuentro en mi propio desarrollo y en el viaje que emprendo a muchos y sé que soy la concurrencia de estas vidas esenciales, que soy encuentro e intercambio del que no queda constancia material sino un enriquecimiento mutuo. Me alegro de poder disfrutar de la risa de esta mujer, de Petra, y me parece gratificantemente hermoso ser yo la que la haga reír. Las personas que me sonrieron o sonríen en mi camino son las que más iniciativa e ilusión, aliento y coraje, esperanza e inspiración, me aportan y, ahora, yo también quiero ser una de esas personas para hacer que otros se sientan así y puedan experimentar esos momentos en que todo toma sentido por si sólo y avanzas pisando fuerte y sintiéndote aún más viva.

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