Prisiones propias
Jueves, 8 de octubre de 2009 por marcribes
Érase una vez, hace mucho tiempo, en un sitio no tan lejano, un prisionero. Digase de prisionero no aquel que ha sido encerrado por una justicia por un delito, sino aquel que se castiga a él mismo por lo que cree que és un error.
Ese joven, viejo ya de ánimos, llevaba 9 años en la misma cela, pequeña, oscura, sin nada en las paredes, tan sólo una colchon en el suelo que curiosamente se negaba a canviar.
Un día, el nuevo carce¨lero, joven y curioso, se acercó al verle allí sentado, y ingenuo; cómo sólo puede serlo un joven, preguntó:
- ¿Porqué nunca sales con tus compañeros al recreo? ¿A caso tienes miedo? ¿Te han amenazado tal vez?
Negó con la cabeza.¨
- No quiero salir,¿para qué? este es mi lugar.
El carcelero, sorprendido, respondió con otra pregunta:
- Entiendo. Pero entonces cual es el motivo de que pasando aquí el día, no decoras un poco tu cámara, te pones una cama, y tiras ese vieje colchón?
Los ojos del prisionero se llenaron de miedo. Cada vez se adentraba más en su celda, apartandose de la puerta y de él nuevo visitante.
- ¿Acaso no puedes hablar? Dime almenos tu nombre para poderme acordar.
- Me llamo prisionero.
Dicho esto, se metió bajo la manta del colchón.
Esa misma noche, el nuevo vigilante, le preguntó al viejo e antiguo instructor sobre ese extraño chico.
- ¿Cual fue el motivo de su cierre? Es acaso un asesino o un ladrón.
El viejo negó.
- Se encerró aqui a los 7 años, él mismo. Decia que ese era su sitio, y dónde queria estar. Desde ese momento, no ha vuelto a salir.
- Pero… no lo entiendo! Esta perdiendo su vida, lleva mas de 15 años sin salir!
- Es bien sencillo, tubo una vez miedo, tropezó y pensó que era porqué no conocia la calle. A partir de ese momento, el mundo le pareció tan peligroso, impredecible, díficil de controlar… que decidió entrar en su propia celda, conocida, monótona, y no mostrar ni su nombre ni sus gustos al resto del mundo, por miedo a su vulnerabilidad.
El carcelero entristeció ante semejante historia, y no podia evitar llorar cada dia al pasar delante la cela de ese chico.
Y pasaron los meses, y los años.
Y un día, el prisionero, tropezó con su mismo colchón, el de siempre, en el mismo sitio, el mismo lugar.
La caida fue tan grande, que cayó fuera de la cela, delante de la ventana y miró la ciudad.
Una sonrisa en sus labios, que inútil he sido, pensó. No puedo controlar una habitación pequeña, ni puedo controlar el mundo, pero que bonita debe ser la incerteza de cada día si en vez de entre estas paredes viejas, entre los árboles pudiera pasear.
No volvió nunca a la cela, y muchas veces volvió a tropezar, pero no le preocupaba, puesto que lo siguiente era volverse a levantar.
Érase una vez, un prisionero. Este se llamaba Marc
Marc.
