Hola. Son las nueve y media de la noche del domingo. Ahora que por fin tengo internet en casa, -aunque por poco tiempo, después volveré a los años 60 (je, je)- aprovecho que mi novio está haciendo la cena para compartir unas cositas con vosotros. Estos días, como os dije en mi anterior post, siento que llevo de nuevo la mochila con más peso de la cuenta. Hay varios frentes abiertos. Todos me cuestan igual y me hacen sufrir a ratos.
Uno es mi familia. Digamos que mi madre no está pasando por muy buen momento y ella, la entiendo, me trasmite su angustia pero sin ponerle nombre, de una forma muy rara que a mí me hace saltar. Por ejemplo, con el hiperproteccionismo o analizándome más de lo que yo hago conmigo mismo, que ya es decir. El otro día empezó a cuestionar mi forma e hablar, si lo hacía muy rápido, o hizo referencia a un reportaje mío con un tono de voz familiar, el de la exigencia, para acabar dándome a entender que no lo había entendido. Ya sé que debo verlo desde su prisma y no atribuirme las cosas pero me cuesta horrores. Es mi madre y está siempre ahí, sobre mi cabeza. En fin.
El otro frente es Santi, mi novio. Veo cosas en mi relación que me cargan, que no me gustan, especialmente nuestra disparidad de gustos, aficiones y biorritmos. Me explico. A él le encanta la casa, tanto que puede estar 72 horas dentro, y a mí me gusta mucho la calle, no sólo para salir sino para dar un paseo, ir al cine o a cotillear en las tiendas. Llevo con el seis años y le he acostumbrado tanto a que eso lo hago sola o con otros que ahora, cuando intento pedirlo, siempre acabo enfadada. Es cierto que al final dice ‘venga, vamos’ pero el temor a la culpabilidad posterior si hace algún comentario o pone alguna cara me retrae de dar el paso y al final siempre cedo yo. Y vuelta al principio, otro paso a que se acomode. No es una cuestión de dejarlo, porque nos queremos mucho. Sé que hace esfuerzos, los veo, pero cuando estoy más baja de ánimo todo el castillo de naipes se va a la mierda y entro en el círculo negativo. Lo bueno es que ahora puedo hablarle y decirle lo que quiero, que ya es un paso.
Respecto al trabajo, había llegado a un punto en que tenía más o menos controlada mi exigencia pero ahora noto que se me desboca de nuevo. Sube la competitividad, el control hacia lo que hacen los demás y querer ser la mejor. Eso me hace presionarme tanto que acabo exhausta. y aunque discuto conmigo misma y me freno, hay días que se me va y siento hasta que odio a todo el mundo. Es muy dañino, lo sé. En ello estoy, intentando reconducirlo una vez más…
Y como consecuencia de todo lo anterior, está la ansiedad con la comida. Aunque nada de lo que me pasa es comparable con lo de antes (los fantasmas del cuerpo casi no aparecen y convivo muy bien con él) sí es cierto que en momentos puntuales vuelco en la comida expectativas para satisfacerme que luego no tienen, ya lo sé, pero es como un eco que está ahí y vuelve de vez en cuando. Me aterra esto, especialmente pensar que no pueda controlarlo y se me vaya de las manos o que tenga que vivir así eternamente. Por eso muchas veces pienso en tirar la toalla. Quería compartirlo. Sacarlo. Sin vergüenza. Por eso estoy aquí, para hacer el camino con vosotros. Gracias por acompañarme.